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Nuestra interacción con el mundo que nos rodea es tan eficaz y requiere tan poco esfuerzo, que resulta difícil imaginar la cantidad de cálculos que subyacen tras la experiencia sensorial más sencilla [Sentidos exóticos: un mundo desconocido para el hombre].
IMAGÍNATE que vas en bicicleta por una tranquila carretera rural. Mientras pedaleas, unos receptores sensitivos localizados en las piernas determinan la fuerza exacta que debes ejercer para mantener la velocidad, en tanto los órganos del sentido del equilibrio te ayudan a mantener la estabilidad. Con la nariz percibes los diferentes aromas del campo, con los ojos contemplas el paisaje y con los oídos captas el trino de los pájaros. Sediento, tomas una botella, gracias a los receptores táctiles de los dedos. Las papilas gustativas te permiten saborear la bebida, y los termorreceptores de la boca te indican la temperatura del líquido que ingieres. Las terminaciones nerviosas que hay en la piel y, en particular, aquellas que se encuentran alrededor del nacimiento del vello, te informan de la fuerza de la brisa y, en cooperación con los ojos, de la velocidad a la que te desplazas. Por si fuera poco, la piel también te advierte de la temperatura y humedad que hay en el ambiente. El sentido del tiempo te dice más o menos cuánto rato llevas en la carretera y, por último, algunos sentidos internos te obligarán a descansar y a comer. Como puedes observar, la vida es, sin lugar a dudas, una magnífica sinfonía de sentidos.
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